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viernes, 1 de octubre de 2010

Un Camino diferente (III)

Saliendo de Triacastela, dirección San Xil

Amanecimos a eso de las siete. ¡Qué bien nos sentíamos después de descansar!. Desayunamos en la Calle de los Peregrinos y cerca de las ocho emprendimos ruta hacia Sarria.

El grueso del pelotón peregrino, opta por la variante de Samos, pero a mi y así se lo hice saber a mis compañeros de fatigas, la que me gusta es la tradicional, por San Xil. ¡Y no me equivoqué! Estuvimos toda la mañana andando solos. Disfrutando del silencio, roto únicamente, por nuestras pisadas sobre la tierra. Bosques de castaños y robles, con los troncos llenos de moho, síntoma de ausencia de contaminación. Creo que Nacho y Franchu disfrutaron mucho en este tramo y eso me alegra. El haber hecho el Camino antes y llevar contigo a neófitos, trae consigo esa parte de responsabilidad de intentar que lo disfruten de pleno en esa primera vez, que sin duda es la más especial. Bordeamos pequeños ríos, subimos por estrechas y empinadas corredoiras y disfrutamos de un tramo de naturaleza virgen y bellísima.

Al mediodía llegamos a Pintín, pequeña aldea ganadera. En Casa Cines, donde ya me quedé en el anterior Camino, hicimos nuestra típica y tradicional parada técnica. Allí conocimos a una chica, que no recuerdo su nombre, con las rodillas hinchadas y combatiendo el dolor a base de orujos. No hace falta decir, que ese, a partir de ese momento, fue su apodo: "la orujos". Nosotros seguíamos con nuestra dieta de Estrella de Galicia y los pistachos. ¡Mano de santo!

Después de media hora, reanudamos la marcha y creo que la cebada hizo efecto. Martín, en un alarde, empezó a entonar canciones varias. Pasando Calvor y ya cogiendo la senda que baja a Sarria, se unieron al coro un grupo de Málaga, una pareja de madrileños, dos alemanas y una familia de Lorca y realmente fue divertido. Creo que ese improvisado orfeón aceleró la llegada de la lluvia que nos recibió de forma intensa justo al entrar en Sarria. Nos hospedamos en un albergue privado y después de ducharnos y lavar, nos acercamos al lado, a una terraza para comer.

Comiendo en Casa de Dositeo. Buena gente.

Tablas de pulpo gallego, para después pedir caldo gallego y chuletas, regadas por tanques y tanques de cerveza. Invitamos a sentarse con nosotros a Adela, una chica andaluza afincada en Lorca, que iba por libre. Al rato de estar en el tugurio, Nacho ya se había ganado al dueño, que tenía por nombre Dositeo. El buen hombre nos obsequió con un orujo de brevas que destilaba él mismo. Muchas risas y un puntillo gracioso pillamos.

Dormimos siesta menos Martín, que siguió haciendo la ruta de los orujos de Sarria. Hizo "amistad" con un señor navarro, que era experto en arte de destilar licores varios. "El orujos". Ya teníamos a la parejica. Al levantarnos y después de ir a la iglesia a sellar, nos bajamos al Malecón a cenar en una pizzería. Seguía lloviendo y a las once estábamos recogidos. El día había sido largo pero muy divertido. En el barracón, dos osos cavernarios, a la derecha y encima mío, me dieron la noche.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Un Camino diferente (II)


A las cuatro de la mañana en Santiago y con fresco.

Después de varios meses de preparativos, estábamos saliendo en coche desde Murcia, dirección a Santiago a las seis de la tarde. Un largo camino que se hizo ameno con las charlas de buceo de Martín, las anécdotas del abuelo de Nacho, los problemas de jornal de alguno y el buen humor de todos. Pasamos Madrid por la M-50 de forma rapidísima y después del túnel de Guadarrama paramos a cenar. La noche se cerró y venciendo al sueño llegamos a Santiago de Compostela alrededor de las tres de la mañana. Quisimos encerrar la furgoneta en el aparcamiento debajo de la estación de autobuses, pero estaba cerrado, así que aparcamos donde pudimos e intentamos descansar hasta eso de las siete, cuando cogeríamos un autobús que nos llevaría a Piedrafita de Cebreiro, lugar donde comenzaba nuestro peregrinaje. Descansar, poco. Descubrimientos. Los osos interiores de Martín y míos. Y sobre todo comprobamos, que José Manuel Soto, no ayuda a conciliar el sueño con sus cantos.

Nos subimos al bus a la ocho, que nos sirvió para echar una cabezada reparadora. A las once y veinte nos bajamos en Piedrafita y justo enfrente, un bar nos llamaba. Repusimos fuerzas con un buen almuerzo y enseguida comenzamos nuestra marcha. Teníamos por delante una hora hasta la aldea de O Cebrerio, subiendo el puerto de montaña por asfalto. Es lo que había. Martín cogió ritmo y nos pegó el primer recalentón del Camino.


Almorzando en Piedrafita antes de partir hacia Triacastela. Once media de la mañana.

En O Cebreiro había una gran actividad. Mucho peregrino turista y mucho visitante de foto y bastón. Sellamos en la Iglesia de Santa María y después pude saludar a mi amigo Antón que andaba bastante atareado en su negocio. Cogimos la senda de las flechas amarillas y nos fuimos.


En el alto de Cebreiro.

Pasamos por el alto de San Roque, Hospital da Condesa y el Alto del Poio. Aquí el cansancio acumulado de muchas horas, nos pasó factura a todos. Había que continuar. Entre todos nos animamos y con risas y carcajadas continuas, proseguimos hasta Fonfría dónde paramos un cuarto de hora a descansar. Allí, Martín dejó olvidado su sombrero de Alatriste y se convirtió en leyenda. La leyenda del emir.

Con mucho cansancio, bajamos hasta Triacastela. Llegábamos al fin, después de seis largas horas de caminata, unidas a las horas de viaje y sin descanso desde el día anterior. Encontramos una bonita y limpia Pensión al lado de la Iglesia y tras ducha y lavado de ropa, fuimos a sellar y después a cenar. Allí comenzó nuestro romance con los "boks" de medio litro de Estrella de Galicia y con el orujo. Algunos, no diré nombres, incluso se atrevieron con el gin tónica. ¡Nos lo merecíamos, copón, que llevábamos mucha tralla!


Cenando en Triacastela. Inicio del romance con los "boks"

Un Camino diferente (I)

Franchu, Martín, Nachete y yo, en un avituallamiento líquido cerca de Portomarín


Dicen los expertos que no hay un Camino igual a otro, aunque esos tramos los conozcas a la perfección. Y sin más remedio tengo que darle la razón a quien así lo afirmó. Hasta ahora, siempre me había acercado al Camino solo. Cura interior extrema. Este Agosto volví, pero con la compañía de tres amigos. Múltiples anécdotas y experiencias, pero esta vez compartidas. Contaré a partir de ahora nuestras etapas por Galicia, pero antes de hacerlo os adelantaré el final. Nos fuimos a Galicia cuatro amigos y volvemos a Murcia cuatro hermanos. El Camino es así.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Mesón Antón. O Cebreiro

Se llega a O Cebreiro después de una dura subida desde Las Herrerías. Nueve kilómetros de empinadas cuestas que cruzan La Faba y Laguna de Castilla, dos pequeñas aldeas que sirven al peregrino de descanso y avituallamiento, con albergues y bares, por si las fuerzas flaquean. Fue en Las Lagunas en un bar al pie del Camino, cuando el azar hizo que al pedir agua, un señor sentado en una mesa exclamara. -¡Pijo, un murcianico!-. Sonreí. Era un paisano que el destino de la vida hizo que terminara en esta zona buscandose la vida. Compartimos un rato de charla y un par de cigarros. Debía continuar, pero antes de irme me dijo: -Si está el albergue lleno, que será lo más probable, di que vas de mi parte a Antón en su casa. Te tratará bien.- Nos despedimos con un abrazo.

Llegué cerca de las dos y media de la tarde y como me imaginaba el albergue estaba completo. Desencaminé mis pasos, ya que el albergue se encuentra al final del pueblo y entré en el Mesón Antón. Saludé a la parroquia. Un hombre con barba cerrada salió del interior de lo que intuí como cocina.

-Buenas tardes. ¿Tiene habitación?-, le pregunté.

-¿Tienes reserva hecha?-, me respondió con cerrado acento gallego.

-Pues no señor. Pero me manda el murciano de La Laguna.-, le dije esperando su reacción.

-¿Eres murciano tú también?.-, me preguntó sonriendo y con ese tonillo musical propio del gallego.

-Pues si señor. De pura cepa-, dije con orgullo.

-¡Pasa, carallo!, los murcianos son siempre bien recibidos en mi casa.-

Subimos al piso superior, que es donde Antón tiene cuatro o cinco habitaciones. La mía era abuhardilla, forrada en madera, con una cama de matrimonio recubierta de una gran manta y cuarto de baño. Nada de lujos, pero limpia y espaciosa. Treinta euros me cobró. ¡Por ser murciano, carrallo!.

Después de una ducha reconfortante, bajé para comer y he de decir que en Mesón Antón tienen una cocina exquisita. Caldo gallego, polvo a feira y un trozo de tarta de castañas y chocolate casera fue el menú, regado por abundante cerveza, "Estrella de Galicia" y como no, para terminar con un oruxo casero, hecho por él mismo y café.
Lo mejor vino en la cena. Lacón con grelos y cecina. Zagalas y zagales del roalico, ¡simplemente delicioso!. Por comida y cena me pidió 15 euros. ¡Increíble!.

Llegaron tres vecinos y yo ya me iba a la cama, pero Antón me cogió por el brazo y me hizo de nuevo sentarme en el taburete. En amena charla, nos metimos entre pecho y espalda una botella de oruxo a tapones. Yo ya estaba ciego, literalmente. No suelo beber en demasía y estos licores me aturullan. Ahora sí, ya me despedía, cuando Antón me dice: -¡Murciano, estas en tu casa!. No hay nadie más durmiendo hoy, así que te dejo la llave encima de la barra y cuando te vayas mañana, me cierras otra vez la puerta y me la dejas debajo de la alfombra. Voy a bajar con la parienta a Triacastela a pegarme una fiesta con ella.-

Me despedí con un gracias por todo y un fuerte apretón de manos.

Y mi pensamiento después de ésto. ¿Es posible que en los tiempos que estamos, todavía exista gente que confíe en otra a primera vista?. Antón lo hizo conmigo. Me dejo solo en su casa, en su negocio, con total confianza.¡Las cosas del Camino!.

Cuando vuelva por aquellas tierras y mis pies me lleven a O Cebreiro, sin dudar volveré al Mesón Antón a destapar otra botella de oruxo y brindar por la familiaridad y cercanía de esta gente tan peculiar.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Foncebadón

Comienzo con el pueblo de Foncebadón, un recorrido por lugares que mis piernas han recorrido y disfrutado.

Situado en los Montes de León, casi en la cima del monte Irago, Foncebadón es lugar de paso del Camino Francés que lleva a Santiago de Compostela. Abandonado durante décadas, ha resurgido gracias al empuje de este itinerario cultural europeo.

Contó en el medievo con dos hospederías, dos hospitales y un convento, siendo el ermitaño Gaucelmo el primero que se estableció en la localidad, con el único fin de acoger al peregrino en estas duras y pantanosas tierras.

Poco a poco, con el paso de los siglos y a pesar de los fueros y privilegios concedidos por el rey Alfonso VI, la villa fue perdiendo población y aunque a principios del XIX todavía contaba con unos ciento cincuenta vecinos, ya en el XX se encuentra completamente abandonado.

Se llega a Foncebadón después de una larga subida desde Astorga y se encuentra a mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar. Siempre que he llegado, coincidiendo con las primeras horas del día, me ha acompañado una densa y húmeda niebla, que hace si cabe más lúgubre la vieja entrada al pueblo, por la Calle Real.
Casas derruidas a derecha e izquierda, el cementerio abandonado, solo ese ambiente húmedo, que te cala hasta los huesos y silencio, un silencio sepulcral, tan solo roto por el ruido de las suelas de las botas en contacto con el pedregoso suelo.

Un halo mágico envuelve el pueblo, sin duda debido a las energías que han quedado impregnadas de los cientos de miles de peregrinos que han transitado por ella.

Os recomiendo cuando hagáis esta ruta, deteneos en la Taberna de Gaia, un original local ambientado al estilo medieval, con una cocina bastante buena para lo que es habitual en la ruta jacobea y unos precios especiales para peregrinos. http://www.latabernadegaia.com/

Si las fuerzas ya no os acompañan, en la villa encontraréis el albergue parroquial María Magdalena(donativo), el Convento de Foncebadón(6 euros) y el albergue privado Monte Irago(7euros), para descansar con vistas al siguiente día.

Muy cerca, a tan sólo tres kilómetros está la Cruz de Hierro, pero este especial enclave se merece un tratamiento especial en futuras entradas.